Me abrazo y me hizo dar varias vueltas sobre sus patines. Su cara tenía vida y alegría; nunca se la había visto así. Yo también me reía como loca, invadida por la emoción del momento. ¡Habíamos entrado a los juegos olímpicos de patín!
Luego Kevin me bajo, sin dejar de estrecharme entre sus brazos. Los míos le rodeaban el cuello y sus ojos se encontraron con los míos. De repente dejamos de reír.
Lentamente, como atraídas por un imán invisible, nuestras bocas se unieron. No estaba preparada para la increíble corriente eléctrica que me recorrió el cuerpo ante ese contacto. Mi corazón latía a kilómetros por segundo. Y yo flotaba, ligera como una pluma. Al cerrar los ojos, sentí que el corazón de Kevin latía contra el mío.
No quise que ese momento terminara…


